Andrea Ocampo Cea: Humor e impunidad, cuando todo da lo mismo

Por Andrea Ocampo Cea | Foto: Instagram @andreiii

The Clinic nace como un pasquín humorístico ligado a la campaña que llevó a Ricardo Lagos a la presidencia. Cruce original entre humor y política. Pero ¿de qué política hablamos? Tal y como durante la Concertación el dedo de Lagos dejó de significar valentía y riesgo, dejó de indicar criminales, menguó y se cayó, comenzó a significar otras cosas. El tono siempre masculino y misógino, de alta objetivización de la mujer crearon una generación de treinteañeros y cuarentones asiduos a un humor descalificador, no solo para con las mujeres, sino que también para con las y los pobres, gordos, afrodescendientes, mapuches, “feos”, adolescentes, modelos o con las y los viejos.

Apostó por menoscabar a punta de chistes cortos al dictador Augusto Pinochet y así posicionarse en cierta “vanguardia de contenidos” en años donde aún era escaso el acceso a televisión por cable, internet o periódicos internacionales. Cuando cualquier “alternativa” fue para los hijos de la dictadura una vanguardia. En ese sentido, la transición del pasquín nos heredó sus defectos más oscuros: el miedo y la fantasía de la democracia. Hablo del miedo que hay detrás de un reportaje que “golpea”, impreso bajo un mar de insultos hacia sus mismos lectores. Hablo del miedo de siempre apretar la misma tecla, de arriesgarse “en la medida de lo posible”; en la medida que ese troglodita humanista falto de cuerpo, falto de goce, pero largo en deudas y frustraciones decidió qué leeríamos las y los jóvenes de entonces. La falta de humor con la que escribo esta columna me parece sintomática, principalmente porque quiero insistir en cómo esa gracia forzada y masculinizante nos hizo daño a cientos de adolescentes que leíamos y escribíamos por los dosmiles, que no teníamos escapatoria.

Al mismo tiempo de denunciar corrupción en empresas o fuerzas armadas, mal manejo de fondos o lobby político emergieron cientos de notas de relleno “para vender”. Extendiendo así la lógica del igualismo: un contenido al lado del otro. Alineándose al mismo nivel, repitiéndose serialmente, como si esa repetición constituyese una certeza ineludible: todo da lo mismo. La indignación -como la gracia- se apagó rápido, porque daba lo mismo, como el Chino Ríos decía una y otra vez en los noventas. Daba lo mismo la política vuelta farándula, que no emergió en SQP, sino que en estas páginas con los rostros deformados de la dictadura vueltos chiste, olvidando una memoria ajada, la privatización de los recursos naturales, de nuestro futuro, de los muertos enterrados y desenterrados luego de la última carcajada sobre la miseria expuesta a página completa.

Una crujiente historia al lado de la otra, como el pan que acaba de salir del horno, del que el chileno precarizado se alimenta para no saberse sin derechos, sin hambre, sin dignidad. Como si no estuviera ligada la Constitución de Pinochet con la mujer vuelta prostituta para sobrevivir, como si no tuviera que ver la falta de verdad y justicia con las mujeres ridiculizadas, con las mujeres de poblaciones que desfilaron por sus páginas sin derecho a voz y menos a edición. La violencia que fehacientemente lanzaron hacia el dictador, terminó devolviéndose contra el pueblo. Con los mismos que decían estar firmes. Quizá tan firmes como la mano de Pinocho, como el dedo de Lagos. Tan firmes que terminó acalambrando el cuerpo completo, derrotándolo, aplastándose a sí mismo.

El vivir “sin humor” se volvió entonces no sólo una categoría anímica de lectoras activas, comillas arenosas y quejumbrosas, sino que en categoría política: “¿Cómo no te da risa?” “¡Ay, qué grave!”. Cómo no te da risa el especial gordo “A todo cachete” que guardo hace más de 10 años. No. No me da risa la cita de ese famoso poeta depredador, Claudio Bertoni, que dice “Me muero de ganas de culiarme una gorda” en medio de ilustraciones de una mujer siendo perforada por cuanto hoyo y pliegue tenga; viniendo de una página anterior con una Leo Marcazzolo lanzando un: “Las gordas no son felices” seguido de un póster a dos planas con una mujer por ser cercenada, titulada “Una lipo en el taller de Botero”.

The Clinic se ríe (o rió) desde la clase y el privilegio de los contactos, accesos, estudios de la aristocracia, desde los Fernández Chadwick, mas no desde los Soto Lancopi. En el club de los machistas buenos para el bullying por escrito se inscribió y celebró el himno patrio del abusador escolar, del matón y sus amigos buenos para los mocos colgando. Donde el que ganó fue el que habló más fuerte, el que golpeó más la mesa, el que negoció mejor. Donde las mujeres no fueron sujetos sino objetos de goce, violencia, burla y/o fantasía. Desfilaron nombres de pila escondidos bajo pseudónimos femeninos además de una cola brígida como Pedro Lemebel aportando una cuota de diversidad en medio de titulares misóginos, xenófobos, gordófobos, viejófobos, clasistas.

Vuelvo entonces a la falta de humor y pienso si acaso este “morirse de la risa” coincide con el olvido o con mi rabia creativa. Porque esa risotada que busca entretener y no informar, produce un descalce desequilibrado y anti ético en una línea editorial personalista e intransferible -que ahora tiene el desafío de cambiar Lorena Penjean y Alejandra Matus-. Porque “morirse de la risa” está demasiado cerca del desinterés, de la apatía y ensombrecimiento de la escritura, llamada redacción. Hace diez años lo entendí y dejé de comprar este pasquín. Boté muchísimos, recorté pocos, guardé un par. Pero en septiembre volví al kiosko por el Especial Memoria, por curiosidad y hambre de crítica; porque los lectores no olvidamos, las mujeres no olvidamos, porque las comunicadoras feministas tenemos memoria y somos parte de esta historia patriarcal que queremos derrumbar. Porque fuimos esos cuerpos que quisieron desaparecer matándonos de la risa. Pero seguimos aquí. Vivas, publicando.

*Andrea Ocampo Cea – Escritora y comunicadora feminista. Conduce el podcast Gata Fiera de Es Mi Fiesta Mag.