Alejandra Fierro: La mujer que lo sabe todo

Por Alejandra Fierro
Alejandra Fierro es pieza fundamental del Clinic; junto con Pato Fernández y Pablo Dittborn ha estado 20 años en este pasquín. La Ale, nuestra querida Ale, confidente y amiga, partió el 98 recibiendo amenazas de bombas y presenciando mochas. Con el transcurso de los años se ha convertido en “testigo privilegiada”, como dice el viejo y nunca bien ponderado mote periodístico. Acá su visión del Clinic y sus reflexiones luego de dos décadas.

Llegué al Clinic sin saber lo que era, por recomendación de Don Pablo Dittborn. Yo de revistas sabía poco y nada, y pensé que iría a una entrevista de trabajo donde me dirían: “te llamamos por sí, o por no”.  Me recibió en esa “oficina” de calle Las Claras Patricio Fernández (quién sería y es mi jefe), Guillermo Hidalgo (editor) y Enrique Symns, quien era para mi una cara conocida, porque lo había visto alguna vez en TV.  En aquella entrevista me preguntaron: “¿te puedes quedar hoy mismo?”, y yo sin pensarlo mucho, dije que sí.  De eso ya han pasado 20 años. Ahí me fui dando cuenta que el Clinic de ese tiempo era una revista que generaba muchos odios y algunos amores. Con el transcurso del tiempo fui entendiendo qué era lo que contaban sus páginas y comprendí a qué se debía el rechazo que generaba en ciertos grupos del país. A veces no podía creer lo que publicaban, quizás se les pasaba la mano, pero entendí que si el Clinic no se la jugaba, ningún otro medio lo haría, o lo haría a medias. El odio que generaba se hacía presente en algunos llamados telefónicos de gente que insultaba de todas las formas imaginables, pues recibíamos amenazas casi a diario -debo reconocer que las primeras veces me asustaron, pero luego aprendí a manejarlas-. Por otra parte, también recuerdo alguno que otro cheque que llegaba a la oficina anónimamente, con aportes para que pudiéramos seguir funcionando.  

El Clinic comenzó a crecer y llegó a ser la revista más leída en el país, cosa increíble, porque el avisaje siempre nos fue esquivo. En el Clinic no hay dinero como mucha gente piensa, en el Clinic nadie se ha hecho millonario, el Clinic se ha hecho a pulso, con las ganas que le pusieron los que lo fundaron, y con las ganas que ahora le ponen los que allí habitan. Lo hemos pasado bien y mal como sucede en todo orden de cosas en la vida: hemos tenido robos, hurtos, accidentes graves, incluso hemos sufrido con la partida de los amigos que ya no están para contar esta historia. Los que quedamos la contaremos de la mejor manera posible.

Mientras escribo esto pienso en Guillermo Hidalgo (alma del Clinic), el pintor Pablo Dominguez (siempre recuerdo la amabilidad con que me saludaba al llegar a la oficina), Pedro Lemebel (quien me advertía que no se me podía ir ni una coma al transcribir sus textos), el Doctor Grigurina (entrañable personaje que podía hablar por horas de cualquier cosa al teléfono), Hernán Angulo (un espíritu en completa libertad). Pero como dije, también lo hemos pasado bien: hicimos fondas dieciocheras, el primer campeonato nacional de striptease, almuerzos en restaurantes donde teníamos canjes, que empezaban a las 14:00 hrs y nunca sabíamos a qué hora terminarían, ni dónde. Hubo amores oficinescos y desamores. Nunca olvidaré cuando llegó un joven con una bolsa de supermercado y me preguntó por una de las periodistas, que por suerte no estaba en ese minuto, y me dijo: “entrégale esto, por favor”, y para sorpresa mía, era la ropa de ella y un papelito donde le decía que no la quería volver a ver. 

El Clinic es un lugar donde puede pasar cualquier cosa, como una pelea de Pedro Lemebel con el Doctor Grigurina, que Alén Lauzán plasmó perfectamente en una ilustración, y que, dicho sea de paso, no fue ni la primera ni la última. Juan Andrés Guzmán, editor del Clinic en esa esa época, tuvo que lidiar con dos rounds de boxeo: primero, con un tipo que se hacía llamar el “Cogollo” y que antes de encontrar a Juan Andrés amenazó con lanzar mi computador por la ventana si no le confesaba dónde estaba el entonces editor. Yo le dije, sin que se me moviera un pelo: “¡¿cómo se te ocurre que vas a hacer eso?!”, y acto seguido, ya se estaba agarrando a combos con Juan Andrés, que para sorpresa mía, respondía con sus derechazos. Al final intervino Álvaro Peralta y el “Cogollo” corrió valientemente por las escaleras. En otra ocasión, a un colaborador del Clinic, que llegó muy ofuscado, le escuché decir: “las vacas se olvidan que fueron terneros”, y de inmediato pasó una silla por los aires, por lo que tuve que oficiar de árbitro y calmar los ánimos. Ese día partía su práctica una niña llamada Pamela, y la pobre no entendía nada, ni siquiera pudo mirar la escena, y quedó petrificada escribiendo en su computador. Bueno, la silla se llevó la peor parte, porque la perdimos para siempre.

También recuerdo cuando ocurrió la tragedia de las Torres Gemelas y corrían las noticias de que se estaban enviando sobres con Ántrax. Poco después, apareció en la oficina un hombre no muy alto, con una barba similar a la de Osama Bin Laden (que por esos días representaba al máximo el terror mundial) y un turbante en la cabeza, y se plantó frente a mi, manos atrás, preguntando por Patricio Fernández. “No está”, le dije, “¿qué necesita?”.  “Ahh, no está”, dijo él, y desde su espalda sacó un sobre que lanzó encima del escritorio y me dijo: “esto es para él”. Luego me miró fijo y se fue. Ese sobre ni lo tocamos, y la verdad es que no me acuerdo bien quién lo abrió, o si es que lo abrimos. Lo que sí recuerdo es que quienes estábamos ahí miramos el sobre largamente, imaginando mil tragedias. Ahora sé que no contenía nada terrorífico, ¡¡pues seguimos acá!!.

Pero no todas las rarezas las aportaban gente externa al diario. Las “chavalitas”, como les decía Don Guille a las alumnas en práctica, eran divertidas, hablaban de todo sin pudor, cosa que yo no podía creer. El sexo era el tema que más les gustaba y las posiciones del Kamasutra quedaban cortas en aquellos relatos. Siempre recuerdo que cuando una de ellas tenía una cita amorosa y la víctima pasaba por ella, mientras bajaba la escalera nunca faltaba alguna de sus amigas que le gritaba a todo dar:”Eyyy, no lo olvides, una por ti, y otra por todas tus compañeras!!!”. Yo no podía parar de reír. De hecho, ahora lo recuerdo y vuelvo a reír.  En el Clinic no hay, o no había, privacidad. Tarde o temprano todo se sabía: cuando alguna no pasaba la noche en su casa al otro día llegaba con la misma ropa del día anterior, y comenzaba la interpelación: “¡tú no dormiste en tu casa! ¡de dónde vienes!”

El Clinic es un medio demasiado importante para Chile, y fue una bocanada de aire en los tiempos en que una democracia a medias aún vivía con miedo, y el gobierno de turno hacía lo imposible por traer de vuelta al dictador.  A mí, al menos, me cambió la vida y la visión de ciertas cosas, y me enseñó que el prejuicio es lo peor que puede tener el ser humano. Gracias a este medio, también, pude entender el dolor de toda esa gente que ha perdido a algún familiar y no sabe dónde está. Recuerdo que me estremeció ver los ojos de una señora que perdió a su padre en 1976.  

Soy una afortunada de estar aquí. Jamás imaginé ser parte de la historia de algo, y de algo tan importante, de un proyecto que ya pasó a la Historia de Chile. El Clinic es parte de todos los que estamos acá, pero también de la gente que lo lee y lo compra.  

Por todo esto y por muchas cosas más que se podrían contar, es que el Clinic debe seguir adelante. Soy una agradecida de quien en marzo del año 2000 me preguntó si me podía quedar a trabajar ese mismo día. Simplemente, gracias a todos los que he conocido acá.  

*Alejandra Fierro, histórica secretaria de The Clinic.