La revolución

Por Rafael Gumucio

Washington Olivetto, brasileño secuestrado por un grupo de ultra izquierda, se confiesa cercano a las ideas socialistas. Se podrá decir que este exitoso y rico dueño de una agencia de publicidad no era consecuente, en su muy capitalista vida, con esas simpatías de izquierda, pero tampoco lo eran sus raptores, que demostraron ser capaces de cualquier cosa por unos cuantos dólares.
En eso devino la revolución: en secuestrar por dólares a los que se han resignado a vivir y soñar por plata. Las bandas armadas acusan a los desarmados de “traidores” para planear en la paz de sus escasas conciencias sus propias traiciones. Se mezclan en el fragor de un combate que se justifica a sí mismo y nunca le preguntan a su gente qué opina. Ahí yacen juntos y revueltos el marxismo internacionalista y la guerrilla ultra nacionalista vasca, los católicos irlandeses con los ateos chilenos, los narcos colombianos y los puritanos de las FARC. Finalmente, más que en ningún otro campo, es en las filas de la revolución donde el desorden moral y mental de nuestra sociedad neoliberal es el que ordena las filas. Y el hambre, no sólo el hambre de dinero y provisiones, sino el de seguir en peligro, el de vengar su propia debilidad con armas y panfletos sin pies ni cabeza, une a los disímiles y calla a los que preguntan.
Debo confesar, antes de seguir, que la revolución es para mí, un tema personal. Dormí toda mi infancia con el Ché y Fidel en posters frente a mi cama. Y vi como muchos hijos de esos revolucionarios yacían abandonados por esos padres demasiado idealistas para escuchar sus lamentos o leer sus ca-lificaciones escolares. Después se acabó la revolución y esos padres siguieron de largo, demostrando en carne propia que no eran los ideales los que les impedían ser reales, sino la realidad la que les impedía ser ideales. La mayor parte son hoy prósperos empresarios o fracasados tibios. Así, Fidel es un gordo patético, dictador de película cómica y seguro que el Ché- si no hubiese cometido la elegancia de dejarse matar- no sería mucho mejor. Ya en vida el Ché era bastante peor, incapaz de hacer andar la economía cuando se le confió hacerlo, pero sí dispuesto a trabajar inútilmente en horas extraordinarias para quedar bien ante la historia. Militarmente caótico, políticamente balbuceante, intelectualmente chapucero, pero buenmozo y hablador. Seductor de niñitas de colegio de moda, mejor publicista que Washington Olivetto, ha dejado como herencia sólo sangre, mitos y leyendas que, a su vez, han dejado a la izquierda estancada y a la derecha sólo asustada un rato y encantada para siempre de haberse sacado de encima el peligro.
Los que siguen a ese ídolo, los que lo lloran, los que le temen, son apenas un remedo rasca del gue-rrillero de las poleras. El Ché es la idea cristiana de morir por un ideal, porque es más fácil que vivir por un ideal. Muy conservadora visión del mundo (digna de Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz), la vida es sólo una muerte noble y vivir es mancharse. La izquierda latinoamericana no se repone de esa visión culpógena, mítica y aristocratizante. Mientras los niños juegan a los soldados, la injusticia, el hambre, la intolerancia siguen campante en estas tierras. La guerrilla sólo le agrega más problemas a los campesinos que quieren salvar. Los revolucionarios de ayer son los reacciona-rios de hoy, sean el publicista Olivetto o el frentista Fernández Norambuena. El hambre sigue igual, y Chávez usa la jerga izquierdosa para justificar una indecente protodictadura¨; lo mismo hizo Alan García en Perú y hasta Lavín grita que “ahora le toca al pueblo”. La izquierda argentina llora y no mama y prefiere el caos a la búsqueda de soluciones. En Chile, los que no se han vendido completamente al liberalismo salvaje lloran al son de Víctor Jara y Violeta Parra y están más muertos que ellos dos. La izquierda latinoamericana prefiere las recetas simples, perder con honor o venderse barato, y “el pueblo” que se cague: ellos prefieren te-ner la razón que defenderla.