Francisca Fehuerhake: Reírse de todo y de todos

Por Francisca Fehuerhake

Tenía ocho años en 1998 y el Clinic estaba a punto de aparecer en la mesa de centro de mi casa. Por primera vez vería que un diario hacía reír en voz alta a sus lectores. Pinochet ante mis ojos era la vaga figura de un viejo en silla de ruedas en las noticias que mis papás veían con atención. Había señales claras de que esa imagen a ellos no les inspiraba lástima precisamente. En todo caso, a mi me quedaban unos años aún para entender qué había pasado en Chile justo antes de que yo naciera, y reír genuinamente con dos o tres tallas que lograba entender del Clinic, cuando a mis catorce años lo compré en un quiosco. Me sentía escéptica y cool, caminando por la vereda con jumper, echando humo de un cigarrillo Belmont. Ya en mi dormitorio devoraba las primeras páginas con real excitación, pero más tarde me aburría no conocer a todos los personajes de la política del momento, así que me entretenía en otra cosa. Por eso, más que tener una relación intelectual con The Clinic, lo que tuve fue una profunda conexión emocional. The Clinic alimentó un deseo reivindicativo adolescente que tenía cada vez más seguido: reírme de todo y de todos, sin excepción. Sentía, con el candor propio de la pubertad, que en ese desparpajo de la burla habitaba una inteligencia en estado puro, una especie de rincón manso en medio de una tormenta que corría a mi alrededor con gran velocidad. Todas las tragedias colegiales, las penas, las peleas en mi casa y las angustias existenciales podían minimizarse con el humor, o quizás con la burla para ser más exacta. The Clinic, entonces, era la palabra que repetía como un mantra cuando me invadían esas olas de angustia y vergüenza por cosas que había dicho o hecho durante el día. Sería mi manera de enfrentarme al mundo. Podía al fin dormir tranquila.

The Clinic fue el espejo de esa mirada absorta de los chilenos que veíamos como un paco inglés metía preso al último dictador de nuestro país. Tomó el deseo colectivo de reírse del peor poderoso, lo imprimió y nos ayudó a sentirnos dueños de nuestra propia historia.

Pronto descubrí que era muy difícil llevar a cabo mi plan burlón. Había cosas que me importaban en serio y se escapaban, por su enormidad, de mi cajita del humor. The Clinic entonces comenzó a adquirir dimensiones más palpables y contenidas: era un diario, quizás uno distinto al resto, pero nada más que eso. Dejé de comprarlo cuando dejó de servirme como amuleto. El tiempo pasó y empecé a relegar al humor a un mínimo en mi vida. Era un elemento más de la vida cotidiana, un asunto que en ningún caso valía la pena explotar o elaborar más que dentro de la espontaneidad del momento. Todavía no estaba de moda hablar del oficio del humorista ni del tremendo trabajo que hay detrás de una rutina que logra sacar risas. Lo mío era serio: por un lado, la tragedia de la juventud era mucho más importante que un pasquín chistosito, y por otro, quería estudiar literatura, dominar el español a la perfección y saber qué significaban absolutamente todas las palabras. El resto, patrañas. Y al parecer, sin saberlo me puse a tono con la gravedad de los tiempos: En 2005 vi la imagen de Paul Schäffer, con un polar beige y una sonrisa apacible cuando lo encontraron a las afueras de Buenos Aires. Había violado niños, y su terreno había sido usado como sede de tortura de la dictadura, entre otras cosas. Más tarde, en 2011, un montón de cabros chicos iguales que yo, hablaban como señores grandes y pedían un montón de cosas importantes que yo no sabía pronunciar durante la revolución pingüina. Ese mismo año se fundó Iguales, que pedía a gritos que todos tuviéramos los mismos derechos, sin importar nuestra preferencia sexual.  Y también, alrededor de esos años, la Comisión Valech presentó su segundo informe, que fue mi primera aproximación oficial a los testimonios de torturados durante la dictadura. Más adelante, la Iglesia comenzó a mandarse el numerito del siglo, y al paso que van, parece que les queda para rato.

Los grandes relatos de la Iglesia y la política tambaleaban al son de los gritos reverberantes de personas, por fin, más parecidas a las que yo conocía. Personas normales, profesionales de clase media que van a trabajar todos los días, diametralmente distintas a esos curas y senadores importantes que escapaban de mi radar.  El nacimiento de discursos alternativos, movidos por esta fuerza ni rica, ni pobre, que consume, analiza, evalúa y necesariamente ridiculiza al discurso hegemónico. Así, un personaje como la vieja cuica, María Eugenia del Niño Jesús Valdivieso Errázuriz, tuvo la oportunidad, ya en 2016, de tener audiencia y generar risas. No solo su acento, su cara y su acomodada clase social causa risa y lástima, sino que también divierte lo que trata de ocultar. Que en 1990 una señora pituca hablara de un hijo alocado que vive con un amigo en un departamento frente al parque forestal, no causaba risas. ¿Por qué habría de hacerlo? Ser gay era tan inaceptable por el discurso hegemónico, que el intento de ocultarlo no caía dentro de una práctica ridícula, sino que respondía a un instinto de supervivencia mínimo. Ahora los intentos de María Eugenia por negar la homosexualidad de su hijo, por seguir confiando en su cura de cabecera y por someterse a las ironías de su marido ya no son de Perogrullo. Son, de frentón, actos absurdos. Y eso sólo nos parece así por las estremecedoras historias que hemos ido almacenando en nuestras cabezas durante estos treinta años.

The Clinic alimentó un deseo reivindicativo adolescente que tenía cada vez más seguido: reírme de todo y de todos, sin excepción.

The Clinic fue el espejo de esa mirada absorta de los chilenos que veíamos como un paco inglés metía preso al último dictador de nuestro país. Tomó el deseo colectivo de reírse del peor poderoso, lo imprimió y nos ayudó a sentirnos dueños de nuestra propia historia. Mi personaje no hubiera resultado en 1990 ni en 1998. Mi personaje resultó en 2016, cuando el terreno estaba arado por un periódico que había decidido elaborar con humor las emociones incontenibles de un montón de chilenos.

*Francisca Feuerhake, escritora, creadora de “La Vieja Cuica”.

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