Alessia Injoque: The Clinic, veinte años y la libertad de expresión

Por Alessia Injoque

La libertad de expresión es un derecho esencial que toda democracia debe cuidar. Inseparable de la libertad de conciencia, es la herramienta que nos permite resolver nuestras diferencias como sociedad en el debate democrático. Esta es una garantía para la ciudadanía respecto a quienes ostentan el poder, para que ningún gobernante, empresario o figura religiosa pueda, desde su autoridad, limitar que la ciudadanía exprese su opinión y, de igual importancia, que podamos escuchar diversas opiniones para formarnos una propia.

Cuando pienso en The Clinic recuerdo que una máxima sobre libertad de expresión es burlarse de los poderosos. Autoridades políticas de cualquier color, religiosos y empresarios, a todos les han recordado que ninguna opinión está por encima del escrutinio y ninguna autoridad por sobre la sátira

Hoy más que nunca debemos recordar qué es lo que tenían en mentes los filósofos de la ilustración, porque la bandera de la libertad de expresión se ha vuelto un cliché para ser maleducado o diseminar posverdad y pretender al mismo tiempo que con repetir el mantra factofóbico “respeta mi opinión”, el resto de la sociedad debería suspender cualquier juicio moral sobre lo que dicen.

Una imagen como las portadas a las que nos tienen acostumbrados logra muchas veces comunicar con mayor eficacia que una columna y nos recuerda que los poderosos no están por encima de nadie, nos permite bajarlos del pedestal al que muchas autoridades quieren subirse y criticarlos, ni más ni menos, como a cualquier ciudadano de a pie.

También desde sectores más cercanos al mío algunos confunden el hecho de que burlarse de un grupo discriminado constituye un abuso de poder, respecto a que criticar a un integrante de alguno de estos grupos por sus acciones no sólo es justo, sino que necesario.  

Cuando pienso en The Clinic recuerdo que una máxima sobre libertad de expresión es burlarse de los poderosos. Autoridades políticas de cualquier color, religiosos y empresarios, a todos les han recordado que ninguna opinión está por encima del escrutinio y ninguna autoridad por sobre la sátira.

Puede parecer de mal gusto, torpe o incluso interpretarse como un recurso pobre ante la falta de argumentos; pero es todo lo contrario. Una imagen como las portadas a las que nos tienen acostumbrados logra muchas veces comunicar con mayor eficacia que una columna y nos recuerda que los poderosos no están por encima de nadie, nos permite bajarlos del pedestal al que muchas autoridades quieren subirse y criticarlos, ni más ni menos, como a cualquier ciudadano de a pie.

Sí, algunas portadas me desagradaron. ¿Habrá alguien a que no? Pero es el bajo precio que nos toca pagar en las democracias por tener prensa que diga lo que nadie quiere decir y nos impacte con imágenes que muchos, en especial quienes están en el poder, preferirían que no pudiéramos ver.

*Alessia Injoque,  activista trans.