Abraham Santibáñez: El día en que renació el humor político en Chile

Por Abraham Santibáñez

The Clinic es, en la historia del periodismo político chileno, un hito destacado. Pero está lejos de ser el primero. Según Jorge Montealegre -en la “Prehistorieta de Chile”- los primeros caricaturistas criollos dibujaron cóndores, como lo haría Pepo siglos después, en la quebrada de Guatacondo, en Tarapacá, y “hombres pájaro” en la isla de Pascua. Eran dibujos con un sentido litúrgico, al revés por ejemplo de los irreverentes pompeyanos cuyos grafitis aparecieron sin pudor en las excavaciones de la ciudad romana sepultada por la ceniza del Vesuvio. Antes de la catástrofe el tono era festivo:

*“¡Oh, muros! Habéis aguantado tantos grafitis aburridos, que me asombra que no os hayáis derrumbado”.

En su mayoría eran de un candoroso erotismo:

*“Vida mía, mi delicia, vamos a retozar un poquito. Imaginemos que este lecho es un campo llano”.

Los pompeyanos desbordaban lírismo:
*“¡Salud al que ame; muerte al que no sepa amar!”.

En nuestro Chile tradicional, las inscripciones callejeras, han sido mucho más crudas. Ni siquiera Parra logró redimir al falo omnipresente : “Pico para el que lee”, es más claro que el poco imaginativo “Pico” sin matices. Más imaginativo ha sido siempre el humor político, consagrado con el nacimiento de la imprenta. Es imposible pasar por alto la cruel caricatura, probablemente de 1818, en que aparece San Martín montado sobre un asno que, por si ni fuere claro el retrato, tiene un letrero donde se lee: “O´Higgins”.

En los 200 años transcurridos desde entonces se han publicado innumerables caricaturas por este estilo.

Las hubo durante la Guerra Civil de 1891 y en la prensa de comienzos del siglo veinte. El pintor Pedro Subercaseaux, quien creó la primera tira cómica chilena: “Las Aventuras de Federico Von Pilsener”, es sin duda el de mayor calidad. Son muchos, lamentablemente, los dibujos toscos, sin refinamiento.

Buen y mal humor

El clásico humor político chileno se consolidó de la mano del multifacético Jorge Délano, “Coke”. Su obra maestra fue “Topaze”, punto de referencia para generaciones de dibujantes de calidad y un tremendo sentido del humor. Se reían de Carlos Ibáñez (“el Caballo”), de Pedro Aguirre Cerda (“Don Tinto”) y de Gabriel González Videla (“Don Gabito”). No era un deporte impune: hubo clausuras, una edición completa de Topaze fue secuestrada por la policía de Investigaciones y nunca faltaron las amenazas. Pero florecieron en uno de los mejores momentos de la democracia en Chile.

Luego vino el 11 de septiembre, precedido de una crisis del diálogo y la sana convivencia. El humor político fue puesto en cuarentena. Es lo que explicó, por contraste, el éxito de The Clinic años más tarde. Cabe preguntarse ¿cuál fue, en definitiva, su novedad? La respuesta es sencilla, pero nada fácil de acometer: haber superado las restricciones impuestas por la dictadura. Cuando había que pedir permiso para editar periódicos, era inimaginable que alguien pudiera dejar impreso una visión chistosa del dictador o sus acólitos. Algunos intentos tuvieron un penoso final. Después del festival de humor sin límites de antes del golpe, sólo conocimos burdos ejemplos. Es la época en que apareció un grosero titular, sin una gota de humor, en el diario La Segunda. A propósito de un turbio episodio que fue parte de la Operación Cóndor, el vespertino se burló cruelmente de 119 detenidos hechos desaparecer en Argentina y Brasil: “Exterminados como ratas”.

Solo en ese ambiente se puede comprender que un humorista prestigioso, que se sabía conservador pero nunca tan falto de sensibilidad, se riera del caso de Lumi Videla. Detenida el 21 de septiembre de 1974, por agentes de la DINA, fue torturada junto a su marido en el centro de José Domingo Cañas Nº 1367. El 4 de noviembre, su cadáver fue arrojado a los jardines de la Embajada de Italia. La explicación oficial fue que había muerto en una “orgía entre asilados”.​ Esta terrible historia la convirtió Renzo Pequeninno, “Lukas”, en un chiste macabro: Lumi, convertida en “mujer bala”, era disparada por encima del muro de la sede diplomática.

No eran tiempos para reírse

Pese a este clima, no faltaron intentos por sacar sonrisas desde la prensa no adicta. Una pléyade de excelentes artistas hizo lo que pudo en Fortín Mapocho y La Época y en las revistas Hoy, Apsi, Cauce y Análisis. A veces sufrieron duras represalias desde el gobierno: ediciones sin derecho a fotos ni dibujos, clausuras temporales y amenazas permanente. Pero lo peor, siempre, fue la censura. En el caso de HOY, donde fui subdirector y hasta fines de 1989 director, fueron decenas los dibujos de Hervi (Hernán Vidal), Rufino (Alejandro Montenegro) y Patricio Amengual que fueron prohibidos.. A veces carecían de mala intención, pero lo peor de la censura es que es siempre arbitraria, simplemente porque alguien esgrimió un lápiz rojo y tachó lo que quiso. Nunca hubo explicaciones. Tampoco en el caso de los textos humorísticos, especialmente los de Hernán Millas o Guillermo Blanco. Lo mismo en Apsi, con el memorable Guillermo Bastías, “Guillo” y, en Análisis, “Palomo”, José Palomo. En Cauce dibujaban El Gato, seudónimo de Juan Carter, Eduardo de la Barra, Bartolo y El Giotto. Eran la excepción. Por ello es comprensible que al alborear la democracia, resultara difícil encontrar humoristas en la plaza.

La risa de Rozas

Pienso que el primer intento de hacer un nuevo tipo de publicación lo protagonizó Marcelo Rozas, director propietario de Hoy (inicialmente nació como una sociedad de responsabilidad limitada, pero con el tiempo ese impulso se perdió). En 1990 Rozas asumió la dirección de su revista. Sin medir previamente el agua de la piscina, pretendió inaugurar el análisis de la actualidad política desde una mirada sarcástica. Para ello no vaciló en intentar un vuelco profundo a la revista Hoy, creada por el periodista Emilio Filippi que sentía el periodismo como una misión redentora. No carecía de humor, pero lo dosificaba para enganchar con sus lectores -primero de Ercilla y luego en Hoy- chilenos mayores de edad, un tanto solemnes y muy mesurados en materia de humor. Eso explica el abrupto final del intento, incluyendo el cambio de director. La revista, sobrevivió unos años más con Ascanio Cavallo, hasta 1998 (igual que La Época).

Ese mismo año, paradojalmente, se puede dar por terminada la transición, por lo menos en sus líneas más gruesas: Augusto Pinochet se había resignado a dar paso a nuevas generaciones. El 11 de marzo entregó la Comandancia en Jefe del Ejército a Ricardo Izurieta. Ese mismo día asumió como senador vitalicio en su condición de expresidente de la República. Pero el ocaso definitivo del dictador se inició el 16 de octubre cuando fue detenido en The Clinic, en Londres, Inglaterra. Permaneció con arresto domiciliario 503 días. primero en la propia clínica y luego en una residencia en Virginia Water, convertida en lugar de peregrinaje para sus admiradores.

En nuestros días, Jack Straw, el ministro británico, que determinó su regreso a Chile tras 503 días de arresto, se ha declarado engañado. Igual que los médicos, creyó que Pinochet estaba “muy enfermo” y por ello dispuso su liberación en marzo de 2000. Ahora, en una entrevista, ha dicho sentirse burlado. Es que no podía ver de otra forma la grotesca escena del dictador que salió en silla de ruedas del avión de la FACh y de inmediato se puso de pie, haciendo a un lado su bastón. Lo más importante, sin embargo, es que, 20 años después, Chile ha consolidado su recuperación democrática, a pesar de todos los pesares, y como sociedad ha cambiado profundamente. Lo prueba el hecho que The Clinic -que nació en esa precisa coyuntura- goza de buena salud en un espacio que se temía perdido para siempre.  

*Abraham Santibáñez – Periodista, Premio Nacional de Periodismo y Académico.