El incómodo caso del cura Berríos

Por Lorena Penjean Cárdenas
“Omnipotente y eterno Dios yo, Felipe Berríos del Solar, aunque indigno de presentarme ante ti, confiado en tu piedad y misericordia infinita y movido por el deseo de servirte, prometo con votos, delante de la Santísima Virgen y todos los Santos del cielo, pobreza, castidad y obediencia perpetua en la Compañía de Jesús y prometo ingresar en la misma Compañía para vivir perpetuamente en ella entendiéndolo todo según las Constituciones de la Compañía. Suplico a tu inmensa bondad y clemencia, por la sangre de nuestro Señor Jesucristo te dignes a aceptar este holocausto y, así como me has dado la gracia para poder desearlo y ofrecerlo, concédeme también abundante gracia para poder cumplirlo”. Felipe Berríos (22), el día de su consagración, el 18 de agosto de 1979. Residencia San Ignacio, capilla doméstica.

Ver al sacerdote jesuita Felipe Berríos (62) en un incendio podría ser una metáfora de lo que sucede cada vez que habla, pero no lo es. La Chimba se quema y los vecinos intentan sacar sus pertenencias desde sus mediaguas por si las llamas se propagan. Mientras, Berríos llama a carabineros pidiendo ayuda y luego, extintor en mano, ingresa a una de las casas que arden junto con otros vecinos.

No lo veía hace 15 años, cuando lo entrevisté para este pasquín y terminamos rezando. Me regaló una medallita preciosa y me hizo sentir esperanza en la Iglesia chilena, que en esos momentos ya estaba desatadamente odiosa. Que los niños fuera del matrimonio, que la virginidad, que el condón, la educación sexual, los homosexuales y un largo etcétera que, dicho sea de paso, nos daban hartos temas para las portadas. Hasta ese minuto, sólo el cura Tato había caído por abusos sexuales; la salida de Cox era absurdamente silenciada y, entre pitos y flautas, la verdad se asomaba. A duras penas, pero se asomaba.

Antes estuvo en África, en Techo y en Infocap, la universidad de los trabajadores. Hoy está en La Chimba, el primer campamento transitorio en el que habitan cerca de 230 familias, 99% de ellas compuestas por inmigrantes, en su gran mayoría peruanos, bolivianos y colombianos. Cada vez que pasa lo saludan gentilmente: “Buenas tardes, padre”, “Cómo le va, padrecito” y Felipe asiente para luego rezongarse a sí mismo: “Me carga que me digan padre”…

La idea es que cada familia esté acá por un tiempo mientras juntan la plata para un subsidio. Ya van seis generaciones de vecinos que se han ido a sus casas definitivas. En La Chimba hay una capilla con murales de la Brigada Ramona Parra, también una casa de la juventud, sala de música, un centro de formación técnica, biblioteca, guardería para niños, cocina, y una capilla secreta donde se esconde una reliquia del padre Hurtado: una costilla.

La casa de Felipe Berríos ha salido en la tele; es una mediaagua donde se pasea un gato que, según afirma, lo salvó de los ratones que le caían en la cara por las noches, mientras dormía. También una perrita a la que bautizó como Tiñy, porque cuando la recogió tenía tiña. El techo es de lata y el mayor lujo es una radio donde escucha el mismo playlist que escuchaba en África que tiene desde Mocedades, pasando por Juan Gabriel hasta música de protesta de la dictadura. Viste el mismo overol y los mismos bototos de años.

Pero hay un incendio. Tres casas arden. “Esta es la vida”, sentencia con la cara tiznada.

¿Existe algo así como el llamado del Señor? ¿Lo sentiste?

-¿Eso de que Dios te dice “Oye, tú, ven”? No.

¿No?

-Yo estaba muy enamorado de mi polola de ese tiempo… Recuerdo que una vez estaba estudiando frente a una chimenea y sentí la sensación de que tenía que jugármela, arriesgar, no seguir la supuesta vida que te dicen que tienes que llevar; terminar una carrera, casarte, hacer familia. Sentí que tenía que hacer algo, pero siempre lo imaginé con una mujer al lado, casado con mi polola… Cuando estaba con ella era rico en todo sentido, pero cuando pensaba en esta idea de jugármela más, me imaginaba como una paz distinta. Primero, pensé en dejar la universidad e irme con ella a vivir a Chiloé, pero de repente me bajó la onda de por qué no ser cura. Estaba en tercer año de construcción civil y llevaba un año y medio pololeando.

Decidir ser cura implica otras cosas, por ejemplo, saber que no tendrás familia… ¿Cómo fue ese discernimiento?

-Me sentí muy solo porque lo único que tenía era mi polola, pero en un momento me di cuenta que también le hacía mucho daño con esto, entonces, fui a hablar con los jesuitas y después de dar los exámenes psiquiátricos, sicológicos y todo lo que pedían, fui aceptado por el provincial, Juan Ochagavía. Un día estaba mirando unos trajes de baño de niñas y un amigo me dijo: “No mires, tú vas a ser cura”… Entonces, yo pensé: “pucha, sigo igual” y como no quería engañar a nadie, fui a hablar con el Provincial y le dije que no servía, que las mujeres no me eran indiferentes. Juan golpeó la mesa y me dijo: “Los jesuitas no somos castrados y  si a ti te son indiferentes las mujeres o que no sirves para ser papá o marido, no tienes ninguna posibilidad de estar acá. Acá necesitamos hombres que sepan amar”… Ufff, eso para mí fue un alivio.

¿Alguna vez flaqueaste?

-Cuando pensaba en mi polola, de quien estaba enfermo de enamorado… Pero, nunca, nunca en mi vida he dudado de mi vocación.

Hablemos de los votos… Eres “el” cura díscolo por lo que supongo que la obediencia es el voto que más te ha costado ¿no?

-(Risas) Lo que pasa es que el voto no se trata de una obediencia tonta, infantil, en la que yo me anule como persona inteligente. La obediencia es una obediencia inteligente, basada sobre la libertad y la capacidad de discernir. A mí me ordenó el cardenal Silva Henríquez, y fue toda una movida la que hicimos para que fuera él y no Fresno… En fin, cuando uno se ordena te preguntan: “¿Prometes obediencia a tu obispo?”, y yo no sé qué me pasó, pero mi respuesta no se escuchó muy bien y el cardenal dijo, así fuerte: “¡No se ha escuchado, dilo! ¿Vas a ser obediente o no?”… Tal vez fue premonitorio (risas).

Pobreza. Tú vienes de una familia pituca, ¿cómo se dio este voto en ti?

-Como dice la canción “Yo nunca nací pobre y siempre tuve un miedo inconcebible a la pobreza”… Bueno, no es así, a mí no me gusta la pobreza porque sienta algún tipo de fascinación, no. Pasa que la pobreza es un signo de libertad. Hay que ser libre ante las cosas. La libertad va enfocada en esa pobreza y la pobreza en esa libertad. No es una renuncia a lo material porque sea malo. Por otro lado, hay una identificación con los más pobres porque a Dios no se le merece, no se le compra y en la sociedad los que no merecen nada son la gente más pobre, la que vive en campamentos, los drogadictos, las prostitutas… Esos que no merecen nada a los ojos de la sociedad, son los privilegiados para Dios.

¿Y la castidad?

-Es algo inexplicable. Una vez conversando con un obispo a raíz de que yo había bendecido a una pareja de lesbianas, me decía: “¿Tú no encuentras antinatura que dos mujeres se amen?”. Yo le dije: “Monseñor: ¿Usted no encuentra antinatura que usted y yo, que supuestamente somos normales, no tengamos sexo?” (Risas). Yo creo que no se puede explicar sino a través de la pasión por algo, o sea, el Che Guevara nunca tuvo una familia, sí tuvo hijos, pero nunca se amarró a una familia… El Quijote no tuvo familia y hay artistas y científicos que se quedan solos… Yo creo que cuando te juegas por algo, la mujer no puede ser donde uno desahoga su calentura; la mujer es una compañera, es parte de un proyecto y eso no tiene que ver con esas estupideces que uno escucha cuando te dicen que son religiosos porque se casan con Dios… Eso es chiva: uno tiene que darse cuenta que ha optado por algo y esa opción implica dejar cosas.

¿Dices que es difícil alcanzar un proyecto, un ideal, si estás en pareja?

-Se puede hacer, hay gente que lo ha hecho acompañado. Yo creo que la vida en pareja es un proyecto, por eso yo creo que el celibato no es para todos los curas. Que yo sea célibe no me hace mejor que los demás. Eso de que el sexo “ensuciaría” es ridículo porque la vida de uno es sexuada; yo amo como hombre, no soy un ente, no soy una albóndiga, no soy un castrado. Por el contrario; hay mujeres que han sido claves en mi vida, he tenido amigas que me han enseñado un montón. Yo no he renunciado a lo femenino, ni podría hacerlo porque Dios también es femenino. Yo pienso que un cura se la debe jugar por el proyecto de Jesucristo, por la justicia, por la verdad y para eso un ambiguo no sirve no más.

“Yo amo como hombre, no soy un ente, no soy una albóndiga, no soy un castrado. Por el contrario; hay mujeres que han sido claves en mi vida, he tenido amigas que me han enseñado un montón, o sea, yo no he renunciado a lo femenino, ni podría hacerlo porque Dios también es femenino”.

UNA PROPUESTA INDECENTE

¿Qué piensas de los que sentencian que la alegría no llegó con la democracia?

-Yo creo que exageran… Claro, hay un montón de cosas que no se hicieron completas en esta transición; no tenemos una Constitución, no van a volver los desaparecidos y las empresas del Estado, a lo mejor ya no van a volver a ser nunca más de todos los chilenos. Hay muchas cosas que no se van a poder retroceder, pero habría que pensar en lo que significa la democracia, pensar distinto, votar y que se respeten los derechos humanos… O sea, uno puede decir que hay un montón de cosas fallidas, pero, pucha, lo que significó ese día el triunfo del NO y cuando asumió Aylwin de presidente, yo creo que es imborrable.

Hoy día el Frente Amplio y la izquierda más radical tienen una mirada muy crítica de la transición…

-Yo creo que es bueno que la tengan porque son jóvenes. Mira, yo me lo explico con la película “Una propuesta indecente”, de esa pareja de arquitectos que soñaban con un dinero que no tenían y a quienes un millonario les ofrecía un millón de dólares a cambio de acostarse con la mujer. Al principio lo mandan a la mugre y después se quedan pensando y dicen que una acostadita no se va a notar, que no importa y que van a tener el millón de dólares que tanto quieren. Al final la niña se acuesta con el millonario y obtiene el millón de dólares. Bueno, nosotros nos acostamos con el sistema pero ojo que teníamos más del 50% de pobres en Chile, más del 20% en la miseria, los militares vigilando, había miedo, heridas profundas y había más del 40% de chilenos que apoyaban a Pinochet. El Frente Amplio nos dice “Ustedes se acostaron con el sistema” y es verdad, lo hicimos. Yo les pregunto de vuelta si acaso ellos van a ser capaces de no acostarse con el consumo o con el individualismo, a ver si ellos se mantienen vírgenes. Nosotros no pudimos.

“El Frente Amplio nos dice ‘ustedes se acostaron con el sistema’ y es verdad, lo hicimos. Yo les pregunto de vuelta si acaso ellos van a ser capaces de no acostarse con el consumo o con el individualismo, a ver si ellos se mantienen vírgenes. Nosotros no pudimos”.

LA MORAL SEXUAL

Comienza la democracia y la Iglesia, poco a poco, se aleja de la gente se transforma en un lugar muy poco empático, castigador…

-Hay un quiebre porque la humanidad después de la Primera Guerra Mundial se da cuenta del dolor tremendo que le podía producir el ser humano. Después vinieron los años 60 con el sueño de la revolución, los Beatles, los colores, la sociedad que soñabas… Después vino la crisis de los 70 del petróleo, los extremismos y ahí luego los 80 con figuras como Reagan, Margaret Thatcher, Pinochet y el Papa Juan Pablo II. La Iglesia frenó el Concilio Vaticano II y retrocedió como 200 o 300 años. El Papa tuvo el logro de la caída del muro de Berlín, pero después se dedicó a viajar y más bien el que quedó a cargo de la iglesia fue Sodano, un personaje nefasto.

¿Por qué tan nefasto?

-Nefasto; Sodano le hacía venias a Pinochet y borró todo lo que era la Teología de la Liberación, las comunidad de base, todo lo que le podía significarle sospechoso. Sodano cambió todo el episcopado, no sólo en Chile, sino que a nivel mundial; florecieron los soplones de Roma, frenó todo  lo que era entender unidad y lo cambió por uniformidad… Borró toda la Iglesia horizontal del Vaticano II, la Iglesia participativa y la volvió una Iglesia verticalista, clericalista de los monseñores que se creyeron que eran príncipes, en la que los curas nos creímos el cuento que éramos superiores y que las monjas estaban a nuestro servicio… Más encima, una Iglesia que se olvidó de lo social y que se metió en la pura moral sexual y juzgaba a las madres solteras y a los separados y todo esto hasta que, de repente, nos explota en la cara los abusos sexuales dentro de la Iglesia.

Antes de llegar al tema de los abusos, ¿por qué la moral sexual?

-Es una Iglesia que no se dio cuenta que lo que la gente apreció en ella, no era sólo la institución, sino que lo que la institución hizo: jugársela por el evangelio. Luego, en vez de transformarse en vehículo para llegar al evangelio, se transformó en estorbo para llegar a él. Se nos olvidó el evangelio y nos preocupamos más de mantener la institución por la institución. La Iglesia nos hizo creer de a poco que la Iglesia ya no eran las comunidades, no eran las personas, sino que la Iglesia era la jerarquía y los curas, una jerarquía que se identificaba con una clase social y con una derecha política.

Medina fue la cara de esa Iglesia en los noventas, ¿te acuerdas?

-Medina se opuso a todo y trató pésimo al presidente Frei, lo humilló… También alegaba porque vendían condones en el quiosco en la esquina, porque las novias no se podían casar de blanco si habían hecho el amor antes. A mí me preguntaron una vez los periodistas sobre esto y yo les dije: “No sé qué habrá hecho monseñor Medina porque él se viste de rojo” (Risas). No recuerdo bien por qué se enojó conmigo… Fueron muchas las peleas… Parece que por haber defendido el uso del condón, o haber defendido el uso de la píldora anticonceptiva o por haber apoyado las JOCAS… Ya no me acuerdo… Incluso, tuve problemas con él por haber dado una entrevista en el Clinic (Risas)… Eso fue hace 15 años… Todo tenía un costo tremendo, era de una vigilancia feroz.

¿En qué momento te transformaste en una voz tan incómoda?

-Yo diría que fue de otra forma, incluso al revés. Siempre me acuerdo lo mucho que me identifiqué con un chiste de Condorito. Había unos milicos rasos, los llamados pelados… Entonces llega el capitán y dice: “Necesito un militar que dé un paso al frente para una misión muy peligrosa”, entonces, toda la fila da un paso para atrás y queda Condorito adelante. Esa imagen me marcó, yo fui y yo soy un cura cien por ciento educado en la Iglesia chilena, no estudié nada afuera, los obispos chilenos me enseñaron que ser cura significaba estar cerca de los más pobres, jugársela por la verdad y por la justicia, ser sencillo, etc., etc., y un día la Iglesia dio un paso para atrás y quedé como de avanzada… Yo, que era un conservador, quedé de avanzada… Si uno renunció a la familia y a todo por jugársela por algo ¿a qué le tiene miedo?

AQUÍ NO SE SALVA NADIE

¿Estamos frente a una Iglesia muerta?

-Yo he pensado que antes se veía todo ordenadito y todo perfecto, sin embargo, estaban abusando a niños. A lo mejor, esa era la crisis y ahora se ha destapado. Estoy seguro que la gran mayoría de los curas y las religiosas no son violadores de niños, como también creo que la mayoría de los católicos es gente buena, que busca hacer el bien. Pero, eso no quita que limpiemos la herida y que saquemos el pus… Y aquí no se salva nadie. Yo creo que había un sistema fundado en el secretismo, -que yo he atacado mucho-, que junto a este clericalismo de sentirnos superiores, ha dado por resultado una mezcla nefasta.

Has hablado de mafias en la Iglesia…

-A nivel global hay tres mafias dentro de la Iglesia. Está la mafia de la riqueza, el banco ambrosiano y sus negocios turbios, la mafia de la gente que usa la Iglesia para encontrar plata y mantener el poder. La otra mafia es el hiper conservadurismo que mira con sospecha a todos quienes cuyas vidas no coinciden con la doctrina, a los separados, madres solteras, homosexuales… La tercera mafia es la de todos los abusos sexuales que involucra a quienes han abusado, a los que lo han ocultado y quienes han impuesto el abuso de poder, que es lo que genera el caldo de cultivo donde se alimenta el abuso de conciencia y luego, el abuso sexual.

¿Por qué se ha avalado una cultura de encubrimiento?

-Yo creo que ha sido muy torpe la reacción de la Iglesia. Yo puedo perdonar o puedo comprender su reacción primera, pero ya llevamos años en esto y hay cosas que son realmente inexplicables. A mí como sacerdote, hay cosas que me enrabian y que me desilusionan profundamente, porque uno espera que a esta altura haya reacciones diferentes. Aquí seguimos centrándonos en el cura que cometió la falta y no en el delito, no en el abusado, en la víctima.

¿Cómo se explica esto?

-Yo diría que ahora último, porque antes uno puede haber dicho que la misma sociedad no tenía mucha conciencia. Antes se usaba sinónimos como: “tío picarón” o “viejo verde” o “picao’ en la araña”, porque no había conciencia del abuso ni del delito. Pero una vez que entendió el abuso, no hay ninguna disculpa para que  en la Iglesia no hayamos tomado una actitud distinta. Aquí hemos fallado todos, unos con más responsabilidad que otros, unos más torpemente que otros, pero todo de alguna manera. Por ejemplo, yo al ser cura, de alguna manera, he avalado a quienes estaban abusando, porque mi institución no actuó. Ahora, también hay una cosa que todavía no me explico en la sociedad chilena, con todo lo que hemos visto, y es que no se saque la ley que haga imprescriptible el delito de abuso sexual. Eso sería excelente; que sea la justicia civil ordinaria la que investigue a la Iglesia. Piensa tú que porque como todavía no hay ley, Karadima estaría suelto. Ahí hay algo a lo que no le hemos tomado el peso, no sólo como Iglesia, sino que como sociedad.

¿Por qué se ha privilegiado a la institución por sobre las víctimas?

-Hemos querido proteger más la institución que ir a la verdad y hay cosas que para mí son torpezas inexplicables, como el manual que sacó el Arzobispado de Santiago, que es un manual tremendo, porque tal vez se nos podría acusar hasta de asociación ilícita… En ese manual se estaría reconociendo que el abuso sexual es un modus operandis. Por eso yo pediría al Estado de Chile que ayude… Que así como se formó una comisión Rettig, una comisión Valech, que se haga una comisión y que el Estado de Chile intervenga porque la Iglesia jerárquica no tiene ninguna credibilidad y tiene a cargo parroquias y colegios. Entonces, por el bien de todos y por una sociedad más justa, que se haga justicia a las víctimas. También por los curas y monjas que no estamos metidos. Me gustaría que sea la justicia, el Estado de Chile el que intervenga la Iglesia y que forme una comisión de notables que haga una investigación a fondo y se vea realmente qué fue torpeza, qué fue encubrimiento, quiénes fueron los que abusaron, por cuánto tiempo, dónde, y que tome las medidas, y que nos dé seguridad a todos.

“… Yo pediría al Estado de Chile que intervenga… que así como se formó una comisión Rettig, una comisión Valech, que se haga una comisión y que el Estado de Chile intervenga porque la Iglesia jerárquica no tiene ninguna credibilidad y tiene a cargo parroquias y colegios”.

La justicia ya está investigando e incluso hay curas formalizados y el mismo Ezzati ha sido citado a declarar…

-Yo creo que ahí hay que distinguir, porque no hay un cuerpo legal que ayude a investigar estos delitos, porque están, la mayoría de ellos, prescritos. Como no existe esa legalidad, es la Iglesia la que investiga. Y la Iglesia tiene un derecho canónico muy anticuado. Son investigaciones secretas, que se prestan para abusos o parecen encubrimiento. Yo me enteré de jesuitas que han estado involucrados, cuando volví de África. Se han dado a conocer las sentencias a Cristián Precht, Cox o a Órdenes, pero no se ha dicho la causa. Este secretismo no corresponde al siglo XXI, ni a la gravedad de lo que se está investigando. Ahora, ¿por qué sucede? Porque la Iglesia no tiene otro sistema y porque la jurisprudencia común y corriente no tiene una ley que pueda investigar si el delito está prescrito.

CARDENAL FLAN

¿Qué tan corrupta es la Iglesia que tenemos?

-Te vuelvo a decir que si entendemos que la Iglesia la compone toda la gente, obvio que no es corrupta. Pero, yo creo que en ciertos sectores ha habido corrupción en los tres planos que te decía antes; en el plano económico, el plano conservador y en el plano del abuso de poder.

¿Cómo se ha manifestado esa corrupción en los abusos?

-A través de negligencia, en no decir la verdad o decirla parcializada. En tratar de tapar una investigación para cuidar la institución. Yo puedo comprender cierta actitud así de torpe en los años 90, o en los años 2000, pero hoy día, que el Canciller de la Iglesia, por ejemplo,  se autoculpe y que siga ahí, son cosas que no tienen explicación alguna.

¿Cómo tomaste lo de Precht?

-Me dolió porque es mi amigo. Me duele por todo lo que vivimos en la dictadura con la Vicaría de la Solidaridad… Él era emblemático. También me duele mucho por las víctimas. Es complicado que alguien te violente, más todavía si esta persona es considerada emblemática. También me duele que se le haya dado un castigo y que no sepamos la causa. Yo creo que, por el bien de las víctimas, por el bien de la verdad, por el bien del mismo acusado, se tiene que decir la causa. Porque si no, estamos tratando de corregir un abuso sexual con un abuso de poder.

¿Cómo ubicarías en este mapa a Ezzati y Errázuriz?

-A mí me dan pena. Yo creo que no hay ningún sector de la sociedad que los apoye… Hace años Rafael Gumucio escribió un artículo sobre el Cardenal Errázuriz y hablaba del Cardenal “Flan”. Yo creo que no hay cosa peor que cuando tú no te la juegas por la verdad.

Pero una cosa es no jugársela por la verdad y la otra es actuar dolosa, criminalmente…

-A eso me refiero, a todo este lenguaje. Ponte tú, cuando se supo de esos correos electrónicos que decían que a Juan Carlos Cruz había que frenarlo, que no estuviera en la comisión, y al mismo tiempo usaban palabras piadosas referentes a la Virgen, tú te preguntas: “¿Estos curas creerán en Dios o no?”. Para mí dejan de ser pastores no más. No sé cómo se paran frente al crucifijo. Independientemente de los que son delitos, uno espera de un sacerdote que sea un pastor.

“¿Estos curas creerán en Dios o no?… No sé cómo se paran frente al crucifijo”.

Pero esto partió hace años, muchos años… basta recordar lo que pasó con Cox…

-Yo me acuerdo que pregunté en ese entonces y a mí me negaron todo. Y sí que había abusado de niños y lo sacan de Chile, lo llevan a Alemania y vuelve a abusar, al parecer, allá… Entonces es una cosa que tú dices: ¿pero cómo? Bueno, si la gente no se explica, nosotros tampoco.

¿Qué pasa con Ezzati?

-Yo veo que hay todo un ensañamiento contra Ezzati, que yo creo que es una persona efectivamente odiosa. Pero Ezzati fue un joven italiano, apasionado, idealista, que dejó su familia, su lengua y su patria por venir a jugársela por el evangelio a Chile. Lo mandaron al rincón del mundo. Entonces mi pregunta es: ¿qué pasó en la institución Iglesia, que transformó a un chiquillo generoso en alguien odioso? Porque nosotros nos podemos ensañar con Ezzati, pero si no cambiamos esa estructura de la Iglesia, vamos a seguir produciendo Ezzatis. Entonces, no sólo hay que pedirle cuentas a él, por lo que hizo o por lo que no hizo, sino que también hay que pedirle cuenta a esta institución que transforma a las personas y las hace sedientas de poder.

JESUITAS

¿Leíste el libro de Óscar Contardo?

 –Sí.

¿Qué te pareció?

-Me pareció bastante bueno. Yo creo que escribe muy bien y tiene algunas reflexiones muy profundas. Recuerdo la página 84, 85 y 86, páginas que he leído y a las que le he dado muchas vueltas. Hay otras partes en las que, yo diría, le faltó más profundidad en la investigación, porque es más liviana, pero yo creo que es un libro que a mí me hizo muy bien leerlo. 

Las páginas 84, 85 y 86 hablan de los homosexuales y su aproximación a la Iglesia.

-Él habla que a los sacerdotes heterosexuales, de alguna manera torpe, se nos va educando en la sexualidad porque, por ejemplo, se nos llama la atención cuando hablamos con las chiquillas. En cambio, al homosexual no. Nadie se queja si un cura habla mucho rato con un joven o sale junto con él, al contrario, se ve como algo positivo. Es bien interesante lo que él sugiere y yo creo que hay que darle vueltas.

Él deja clarísimo que no hay, evidentemente, una correlación entre homosexualidad y abuso, pero sí una lógica perversa en cómo la Iglesia trata el tema…

-Eso es lo interesante. Porque si uno ve estadísticamente, la mayoría de la gente que ha abusado tiene que ver con la homosexualidad. Entonces, lo simplón sería asociarlo con eso.  En ese sentido, yo creo que su mirada es interesante, aunque hay ciertas cosas con las cuales yo no estoy de acuerdo,  por ejemplo, lo que él dice sobre el Cardenal Silva Henríquez.

Eso te iba a preguntar…

-Él plantea algo así como que todo los que rodeaban a Silva Henríquez están involucrados. Si es que es por eso, yo también tenía una amistad con Precht y con Ortega, entonces, yo también estaría en la misma. Yo creo que eso es medio simplón.

Es como una cosa de probabilidades…

-Yo creo que hay que tener mucho cuidado con la difamación. Es un delito… Además, difamar a una persona que está muerta y que no puede defenderse es muy complicado. Si él tiene elementos de prueba, que haga la acusación directa, pero lo complicado es cuando tú dejas planteada una duda para siempre de una persona que, además, está muerta y no puede defenderse. No hay derecho a hacer eso.

Un montón de sacerdotes, muchos de ellos jesuitas, desfilan por este libro. ¿Tú nunca supiste nada?

-Cuando yo estaba en África, una de las personas que acusó al jesuita Eugenio Valenzuela, me escribió a mí y yo me enteré de esa manera. El 2014, cuando volví a Chile, empecé a preguntar sobre los rumores que ya circulaban de Jaime Guzmán y del hermano González. Eran procesos que estaban en curso, de los cuales uno no podía tener más información hasta la sentencia. Después a propósito de una entrevista que el mismo Contardo dio, hubo más acusaciones sobre Jaime Guzmán y tuvimos más acceso a la verdad de lo ocurrido. La gente cree que porque uno es cura y es parte de una congregación sabe todo. Y lo que insinúa Contardo es que nosotros, los jesuitas, estamos coludidos con los medios, asunto que no es verdad y que habla muy mal de sus colegas periodistas. Yo jamás me atrevería a decirle a un periodista lo que tiene que preguntar. En la Iglesia es súper complicado porque tú das una entrevista, como la que te estoy dando ahora, y te dicen que uno quiere lucirse, te preguntas por qué hablas y sacan la tesis del tejado de vidrio, o sea, que uno no debiera hablar porque hay jesuitas involucrados. Otros dicen que “la ropa sucia se lava en casa”.

Insisto, ¿nunca supiste nada?

-A los jesuitas desde el noviciado nos educan con una frase de San Ignacio que dice que hay que arrancar como peste de los que murmuran en la compañía. Uno ha sido formado en una discreción muy fuerte en donde si uno tiene una duda, uno se la hace ver al superior y uno confía en que ellos actuarán debidamente. Además, los jesuitas no somos una secta, vivimos rodeados y trabajamos con laicos que a veces nos conocen más a los jesuitas que nosotros mismos. Hay jesuitas que trabajan más al interior, en la parte formativa, en la dirección o administración… Pero, por ejemplo, en mi caso, todo mi apostolado ha sido hacia fuera, más vinculado con laicos que con jesuitas… África, Techo, ahora en La Chimba…

¿La gente no te pregunta sobre los abusos?

-Pero claro… ¿Quién será el próximo? Uno empieza a sospechar. Por eso te digo que es fregao’ y que pido al Estado de Chile que ojalá intervenga en la Iglesia y que haga una comisión y que se sepa todo. Porque todos estamos en esta sospecha.

¿Qué sabías de Jaime Guzmán?

-Soy jesuita y compañero de Jaime Guzmán. Cuando volví a Chile los primeros meses viví en misma residencia donde vivían treinta jesuitas, muchos de ellos ya ancianos y enfermos. Yo lo saludaba, he estado con él, pero eso no me hace cómplice.  Hay que entender que el abusador nunca dice que abusa y el abusado se demora veinte o treinta años en denunciar. ¿Cómo se supone que uno sepa? Por eso es que he pedido la intervención o algo parecido al Estado…

El poder judicial ya está citando a declarar, por ejemplo a Ezzati…

-Pero esto de que el Cardenal Ezzati vaya a declarar y no declare, se contradice a él mismo y contradice lo que el Papa ha pedido. O sea, yo creo que no entienden nada lo que está pasando. No entendemos nada, nada. No entendemos que hay delitos. No entendemos que hay víctimas. No entendemos que nadie nos cree a los curas. La cosa es grave… En ese sentido lo estoy diciendo.

¿Tú ves factible una comisión de verdad y justicia?

-A ver, yo creo que puede haber sido un error, todo lo que tú quieras, pero cuando hay una comisión que saca un manual, que lo firma el Arzobispo de Santiago y en el manual dice: “no se debe hacer esto, no se debe hacer esto otro, no se debe meter con un niño desnudo en la cama, no se le debe besar en la boca”, tú con eso estás diciendo que esto se hacía como un modo de proceder y eso es grave. Entonces, tú dices aquí hay algo serio y ya no basta con que la misma Iglesia se investigue, y más todavía cuando la justicia no puede investigar porque no han sacado una ley tan necesaria como es la imprescriptibilidad que el Presidente de la República anunció y que, sin embargo, pasan los meses y no pasa nada.

UN TERCERO

¿Qué tiene que pasar para que la Iglesia retome el camino en el evangelio?

-A lo mejor, no siendo los curas los protagonistas… Lo que no hicimos por convicción inspirados en el Concilio, vamos a tener que hacerlo por obligación cuando no haya más vocaciones. La gente, que es la Iglesia viva, -donde habla Dios-, es la que tiene que revitalizar la Iglesia, con mayor participación de la mujer en la jerarquía y no estando sometida o apartada como las monjas. A lo mejor, todo esto va a tener un desenlace positivo, donde, ponte tú, sea la misma gente la que entierre a sus familiares, la que bautice a sus hijos… Y que y si hay algún cura en el futuro, su mentalidad sea distinta; que ya no quiera adueñarse de la Iglesia, sino que servir en ella. Y que ese cura pueda ser casado además, y pueda ser mujer.  

¿Te haces alguna autocrítica de todo esto? ¿Hay algo que te pese?

-Sí. No haber preguntado más. Es complejo… Haber sido como muy pasivo en eso, no haber inquirido más. Ahora, es complicado también porque uno no puede andar sospechando de todo. Yo estaba en África cuando me enteré que Precht había sido acusado y fue un golpe. Jamás me lo habría imaginado. Claro. Yo asumo que soy parte de la Iglesia Católica y como sacerdote, yo asumo mis responsabilidades. Ahora eso no significa que tenga el mismo nivel de responsabilidad de quien haya cometido abuso, pero tampoco me puedo lavar las manos del todo.

¿Cómo lo llevas?

-A mí me hizo pensar mucho una reflexión que hizo José Andrés Murillo, en la que él dice que para que haya abuso, tiene que haber tres personas: el abusador, la víctima y un tercero que, de alguna manera, avale a ese abusador. Por ejemplo, si yo estoy abusando de un chiquillo y yo frente al chiquillo te saludo a ti y tú me saludas cariñosamente y conversamos, tú de alguna manera, sin quererlo, me estás avalando frente a ese chiquillo. Y en ese sentido yo he sido tercero de muchos.

“… Si yo estoy abusando de un chiquillo y yo frente al chiquillo te saludo a ti y tú me saludas cariñosamente y conversamos, tú de alguna manera, sin quererlo, me estás avalando frente a ese chiquillo. Y en ese sentido yo he sido tercero de muchos”.

Es muy fuerte ese pensamiento…

-Murillo tiene razón. Pienso en cada vez que saludé al Loro Leturia en público, o cada vez que saludé, qué se yo, a Jaime Guzmán al frente de los chiquillos, o cada vez que yo dije que admiraba a Cristián Precht y que era mi amigo, y que en ese mismo momento alguien que estaba siendo abusado, me escuchó o me vio, debe haber sentido que él no podía decir nada. Y me hizo pensar mucho eso, esa reflexión de José Andrés Murillo, que el abuso siempre requiere de un tercero que avala. Sin quererlo, sin que uno sepa, pero avala.

¿Qué piensas cuando piensas en las víctimas de los abusos de la Iglesia chilena?

-Pienso que es algo tremendo… Son daños que perduran en el tiempo y vas creciendo con ellos, vas madurando, te casas, tienes hijos, y el daño te sigue acompañando y va tomando otras dimensiones. No es un hecho en el pasado. Es un daño que continúa en el tiempo, siempre dañando, que no tiene término. Entonces, es tremendo. Lo que le hemos hecho a las víctimas es tremendo.

¿Por qué el gesto del perdón de la Iglesia ha sonado tan poco sincero?

-Yo estoy cansado que nos vean a los curas poniendo los ojos blancos pidiendo perdón. La gente y todos esperamos menos palabras y más gestos. O sea, déjate de tanto dolor y muéstralo con actitudes.