Gastón Soublette: La sabiduría de un bicho raro

Por Por Isabelle Soublette | Fotos: María Gracia Fernández Soublette y Alejandro Olivares
Considerado un sabio por muchos, en esta entrevista que le concede su hija Isabelle, el musicólogo Gastón Soublette (91), le cuenta por qué hasta ya grande, casado y con hijos, se sintió un bicho raro. También cómo un libro le cambió la vida y por qué el hombre del paleolítico era mucho más sabio que nosotros.

Soy la hija menor de Gastón y me gusta escribir su nombre sin el apellido porque aparece  el hombre detrás del “personaje”. Gastón Soublette fue para mí desde siempre un nombre cargado de significación. Todos se referían a él como un ser excepcionalmente inteligente o más bien dicho genial y único en su estilo. Estas características fueron sobrevaloradas en nuestra cultura familiar. Mi vida se vio muy influenciada por la figura paterna constituyéndose en un referente absoluto. Esto tuvo aspectos muy positivos y otros que dificultaron mi proceso de individuación. Hoy día creo que mi padre no comprendía el mundo mental de los niños y por eso nos trató como adultos, es decir, de una manera hiperintelectualizada, provocando en mí miedo a fallar. Quizás él no lo sabe, pero a los seis años me propuse vencer el miedo que le tenía.

A pesar de su falta de empatía con mi mundo infantil, pude sintonizar con su mundo interior tan profundo e identificarme con él desde la afectividad y no desde la intelectualidad. Nuestro punto de unión fue la poesía, la que me interesó espontáneamente desde muy niña. La gran aprobación de mi papá por mis poemas infantiles abrió un camino entre nosotros. Otra sintonía fortuita fue la sensibilidad por el mundo espiritual y la marcada identificación que tenemos los dos con los marginados de este mundo.

Hoy, sentada frente a él, mientras le hago estas preguntas, lo recuerdo con humor y me impresiona cómo, a través de caminos tan diferentes, nos encontramos recorriendo un sendero común que se fue tejiendo misteriosamente, y me observo como adulta integrando armónicamente al padre fuerte, al padre frágil, al hombre genial y al hombre niño, capturada por sus mismos intereses.

Alejandro Olivares

¿Cuáles fueron las primeras preguntas que se hizo que marcaron su camino?

El hecho de haber vivido en un mundo tan estrecho -lindo, sí, pero tan estrecho-, como el de Viña del Mar de aquellos tiempos, fue determinante. Era un mundo de clase alta donde lo normal era ser profesional y las opciones de profesión eran muy limitadas: un caballero tenía que ser abogado, médico o arquitecto, pero no existía conciencia de lo que era ser intelectual o académico. No había ninguna noción sobre eso. La vida había que ganársela siendo un distinguido profesional, para tener un estatus económico y social importante. Entonces, o yo era un buen abogado o no era nadie. Por eso mi pregunta estaba relacionada con mi incapacidad para insertarme en ese mundo. Porque de ninguna manera veía ahí algo que me motivara. Y si eso era la realidad, yo tendría que pagar un precio psicológico alto.

¿Su entorno se daba cuenta?

Mis padres, al verme en crisis, llamaron a algunos amigos suyos para que conversaran conmigo. Pero a nadie se le ocurrió decirme: “mira, tú no estás hecho para una profesión liberal, pero sí para una carrera académica por todo tu razonamiento más bien de estilo filosófico, sobre el sentido de las cosas”. ¡A nadie! Entonces no ayudó mucho. Mi pregunta seguía siendo siempre ¿para qué sirvo yo?, siempre con el peso encima del paradigma social de Viña del Mar. ¿Para qué sirvo yo? ¿Y cómo eso, para lo cual sirvo, se va a abrir paso en medio de este mundo en el cual yo no me podía insertar?

¿Hubo otras preguntas?

Sí, porque me sentía integrado a la religión, pero no como algo para mi vida. Me interesaba investigar y saber por qué la religión era tan importante en la historia. Esas fueron las primeras interrogantes que tuve.

¿Vislumbraba alguna salida?

Yo tenía una cierta fe de que por algún lado yo iba a sacar adelante todo eso, fuera como fuera… Pero eso que yo iba a sacar adelante, siempre era una reflexión sobre el sentido del arte: por qué el hombre se dedicaba al arte y (pensaba) generar textos en que yo expresara estos pensamientos míos: ese era mi proyecto. Pero era un proyecto vaguísimo.

¿Y qué pasó? ¿Cuándo comenzaron a cambiar las cosas?

Un día cayó en mis manos un libro que, curiosamente, me lo recomendó mi madre: “La decadencia de Occidente” de Oswald Spengler. Ese libro me causó una tremenda impresión. Ahí se me abrió una puerta de estudio acerca del sentido de la historia y la filosofía de la historia. Por primera vez pensé que la vida del hombre se da dentro de un fenómeno que se llama la cultura, me di cuenta del paradigma cultural en el que estamos y entendí que había otros, porque Spengler hablaba también del imperio chino, de los principados de la India, incluso de las culturas americanas.

¿Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que la cultura es algo subjetivo, que puede haber otras formas de concebir el mundo, de comprender el quehacer?

Entendí que en determinados pueblos tienen una concepción del mundo distinta a la nuestra y que eso procede de la cosmovisión de la cultura. Yo me acuerdo que iba a la casa de don Gastón Ossa y conversaba con él y me decía: “Mira, hay otra filosofía de la historia que es importante y que ha aparecido en estos tiempos que es Arnold J. Toynbee y está en una especie de polémica con Spengler”, quien tenía el monopolio de la filosofía. Don Gastón Ossa me decía: “Todavía no entiendo por qué, en el nacimiento de las culturas, le dan tanta importancia a la religión”. De a poco, estudiando el problema, me di cuenta de que las culturas derivaban de la fe y que la fe era el poder que gobierna el universo. La manera en que el hombre representa ese poder es la base donde nace la cultura. Eso no sé cuándo lo entendí completamente, pero lo empecé a entender en esa época.

¿Por qué la reflexión era su único camino?

El intelectualismo exagerado en el joven que empieza a plantearse algunas preguntas, hace que, en un principio, crea que todo lo va a solucionar reflexionando y que lo que no pasa por la reflexión, prácticamente, no existe. Eso es lo que piensa el joven ante este tipo de preguntas, porque la mayoría no se hacía ese tipo de preguntas. Mis amigos no se hacían ese tipo de preguntas. Al principio es puro intelecto, y pedantería también, porque uno pretende saber mucho más de lo que realmente sabe.

¿Se podría decir que en su juventud el intelecto era muy valorado?

Claro. El hablar mucho sin fundamentos. Porque yo no tenía ni la bibliografía ni los estudios serios como para transmitir como transmitía, y para muchas personas me transformé en un ser insoportable (se ríe). Me acuerdo que una vez un grafólogo estudió mi letra y lo primero que me dijo fue “mucha pedantería” (se ríe). Fue lo primero que detectó en mí, porque yo hablaba hasta por los codos. Y, además, a la gente le gustaba escucharme. Ahora, los temas que abordaba eran legítimos. Porque esto del intelecto por el que me preguntas es muy hegemónico. Despierta a las grandes preguntas y a las pretensiones de saber más de lo que uno sabe, con la sola lectura de un libro.

¿En esa época se usaba ir al psicólogo?

No había psicólogos, niña. No había psicólogos y a nadie se le ocurrió que yo tenía que dialogar con un psicólogo.

Pero, usted tenía la sensación de que lo encontraban especial o raro.

Sí, sí, me encontraban raro por los temas, por lo inoportuno de los temas también, porque de repente puedes estar con gente que no tiene nada que ver con eso y yo partía con esta cuestión.

Y eso, ¿cómo lo vivía? ¿Se sentía raro?

No, no me sentía raro. ¿Cuál era la realidad para mí? Yo era un alumno de Derecho de la Universidad de Chile. Esa era mi rutina diaria. Ahora, yo pasaba los exámenes, pero el esfuerzo intelectual que hacía era tremendo. Y mi entorno presumía que yo quería ser un profesional distinguido. Hasta que esto llegó a una crisis, donde me di cuenta que no podía seguir adelante, a menos que me volviera loco. Entonces le dije a mi padre que no daba más, que no podía seguir estudiando Derecho porque yo ya había perdido el sueño y estaba absolutamente neurótico. De todo ese itinerario, yo recuerdo nada más que las grandes preguntas y cómo intenté responderlas, pero la vida real como ciudadano, como hijo y todo eso, yo tendí a dejarlo a un lado, porque lo otro, las preguntas, eran mucho más importantes para mí.

O sea, ¿ocupaba su mente, todo el tiempo, en estas grandes preguntas?

Sí, y ha quedado marcado como la real vida mía. Lo otro no era mi vida real, era el teatro que yo hacía al mundo como para indicar que yo estaba inserto en la misma sociedad que ellos, lo cual no era cierto. Espiritualmente yo no estaba inserto en esa sociedad, pero yo no sabía cuál era la otra sociedad, cuál era la otra manera de vivir, entonces, yo tenía estos amigos raros también.

¿Cuándo comienza a encontrar un camino o una sociedad donde usted se sienta parte? ¿O eso no ocurre nunca?

Bueno, para el matrimonio se forma una familia, ¿cierto? Y uno termina de abuenarse con la vida porque, si no, uno fracasa. Entonces, hay hijos, hay abuelos, y ese sería el primer paso a transformarme en un ser normal. Lo malo es que la familia tendía a compararme con otras personas, como diciendo “por qué no eres tú así”. Entonces, se consultó, en aquellos tiempos, a personas que los trajeron a la casa para que dialogaran conmigo. Entre ellos estaba un abogado y un intelectual distinguido: don Fernando Durán. Yo dialogué con él muy largo delante de mi papá y de mi mamá. Lo que a mí me extraña es que, siendo que él era un pensador importante y con una buena cultura filosófica, no le haya dicho a mi padre: “Este niño no debe seguir Derecho; yo creo que el lugar para él es la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile o de la Católica”. ¿Por qué no se le ocurrió decirle eso? A lo mejor mi papá se lo había dicho de antemano, “mira, no le hables de la Facultad de Filosofía, porque este va a exigir que lo matriculen allá y, después, se va morir de hambre”.

Lo malo es que la familia tendía a compararme con otras personas, como diciendo “por qué no eres tú así”.

Claro, porque si el tema era que uno tenía que sobrevivir, pagarse la vida, ganarse la vida como dijo, en realidad era un problema que estudiara filosofía…

Sí. La otra persona con la cual me enfrentaron fue mi cuñado. Cuando Gabriel Valdés  entró en la familia (se casó con su hermana Silvia Soublette), se transformó en un paradigma para mi papá: “Hay que ser como Gabriel”. Gabriel tenía los pies puestos en la tierra, con un programa político para su vida. Siempre quiso ser presidente de la república y, bueno, siguió toda la carrera: fue senador, embajador, ministro de relaciones exteriores. No llegó a presidente, pero, él también, al enfrentarse a mí, debió darse cuenta que toda la problemática que yo planteaba era de tipo filosófico y él debió decir lo mismo: “A este tipo no hay que exigirle que sea abogado, sino que hay que mandarlo a la Facultad de Filosofía”.

Alejandro Olivares

LANZA DEL VASTO, MEDITAR Y SEGUIR SIENDO CRISTIANO

¿De dónde sacó la fuerza para seguir su camino?

Lo hice a contrapelo. Pero ocurrió una cosa muy rara de repente: llegó a la casa la revista “Paris Match”. Yo ya estaba casado, todavía no nacían ustedes, y ahí venía un ciclo de las grandes religiones. Uno era sobre Buda y se me vino encima como un camión. “Esto era lo que yo andaba buscando durante tanto tiempo”, me dije. Primero, Buda se distingue por el problema de que la vida es dolor, que el dolor viene del deseo y que el hombre puede vencer el dolor o el sufrimiento venciendo el deseo. Y existe, como cuarta verdad, un camino que conduce a esa meta gradualmente. Eso fue tremendo para mí. Yo había sido educado en la religión cristiana y Jesucristo era la persona central, pero en este caso el Buda reemplazó lo que se me decía en el colegio, que era el hijo de Dios. De acuerdo a libros, empecé a meditar. Nosotros vivíamos en la calle Sancho de la Hoz y yo iba al Club de Golf, que curiosamente no tenía cerco por la calle: entonces pasaba por encima de la pirca y ahí me sentaba con la espalda apoyada en un árbol y me dedicaba a meditar. Me empecé a sentir muy bien. Empecé a sentir que se abrían luces en la mente, en toda mi naturaleza, y que se abrían caminos a perspectivas que yo nunca había sentido ni soñado.

La meditación se entiende como calmar la mente, despejarla de todo pensamiento.

Sí, y, por tanto, también de toda presión y tensión. Porque vivir dividido en dos, cumpliendo con las grandes necesidades y, por otro lado, satisfaciendo las grandes inquietudes que están bastante más lejos de la vida cotidiana, es estar dividido. Ese gran encuentro con el Buda y la meditación, sin que mediara ningún maestro ni nada, fue para mí una liberación muy importante.

¿Qué siguió después del libro?

Después cayó en mis manos un libro de Giuseppe Lanza del Vasto, quien se fue a pie a la India y se transformó en una obsesión para mí: “Tengo que irme a la India a pie”, decía yo, pero por otro lado me respondía: “No puedo dejar botada a mi familia”. De repente, me entero que el autor del libro viene de visita a Santiago. Hablé con él y le interesó mi caso. Me dijo que yo me parecía físicamente a su mejor amigo que se había muerto, entonces para él era muy grato estar conmigo. Yo he visto retratos y, efectivamente, su amigo era muy, muy parecido a mí a los 30 años. Bueno, en Giuseppe encontré un guía y encontré realmente la presencia de un hombre que ha hecho la experiencia de la vida del espíritu. Digamos que la influencia de él sobre mí era por simple presencia. Me decía “hay que aprender a trabajar con métodos, no cansarse, que la vida es como un campo de deportes y tú tienes que esforzarte para todo para hacerlo bien”, “hacer bien una cosa es un acto de adoración valiosa”. Y el hecho que él me dijera que es católico a pesar de todo esto, también fue muy importante para mí. Me dijo “no dejes nunca la Iglesia”.

“Ese gran encuentro con el Buda y la meditación, sin que mediara ningún maestro ni nada, fue para mí una liberación muy importante”.

¿Por qué?

El catolicismo es una religión con la cual hay que cumplir determinados mandamientos, preceptos y creer en determinados dogmas. O sea, tú tienes que cumplir con la religión, pero sin que eso involucre una transformación de tu persona. La diferencia de Lanza del Vasto es que hizo la síntesis de la espiritualidad oriental con el monoteísmo bíblico y dijo que la fe, si no transforma a la persona, no es fe, sino que nada más que creencia. Y la creencia es nada más que mental. La fe es espiritual. La prueba de en qué creen las personas es fe, y esa fe transforma. Ese fue el gran mensaje católico para mí de Lanza del Vasto.

¿Por qué él, como gran consejo, le hablaba del esfuerzo y de tener una forma de trabajar?

Hablaba sobre todo del esfuerzo por armonizarse con los demás, en creer armónicamente en la vida en sociedad. Él había aprendido eso por haber sido discípulo de Gandhi. Lo que tiene Gandhi es que está más cerca del cristianismo que todos los yoguis. Se puede decir que él tomó del evangelio toda su campaña no violenta. Lo confesaba cuando citaba esos pasajes del evangelio en que Jesús dice que hay que poner la otra mejilla. Gandhi decía, ¿para qué Jesús enseña de esa manera? Y es para que el otro dé un vuelco de conciencia: tú obligas a otro a hacerte más daño de lo que quiere hacerte y tú lo soportas para enfrentarlo a él con su conciencia. Esa explicación no me la dio ningún cura, solo Lanza del Vasto y a él se la dio Gandhi. Ahora, Gandhi le dijo a él “tu deber es ser un buen cristiano” y él me la transmitió a mí. O sea, no porque yo te enseñe a meditar tú te vas a separar de la oración, del evangelio. No te puedes quedar solamente con la meditación. La meditación es solamente una terapia, decía. Una terapia espiritual muy importante, pero es infra religiosa: la revelación está por encima de eso. Todas esas cosas yo hubiera querido oírselas a un obispo o a un cura, pero ellos no dicen ninguna cosa de ese tipo, sino que te exigen que tú cumplas con la religión y si no vas a misa estás en pecado.

“Lo que tiene Gandhi es que está más cerca del cristianismo que todos los yoguis. Se puede decir que él tomó del evangelio toda su campaña no violenta. Lo confesaba cuando citaba esos pasajes del evangelio en que Jesús dice que hay que poner la otra mejilla. Gandhi decía, ¿para qué Jesús enseña de esa manera?”.

Hablando de religión, ¿cuál es la explicación de que lo fue ocurriendo en la Iglesia hasta llegar a lo que hemos visto hoy día?

Las comunidades, en gran medida, las fundó el apóstol Pablo. Si uno las examina, ve que había una cierta autonomía en cuanto a organización y en cuanto al ejercicio del mando. Había muchos tipos de mandos, según el carisma de cada uno: algunos que enseñan, otros que sanan, otros que hablan lenguas, otros que profetizan. Todos tenían su lugar dentro de la comunidad, entre ellos, muchas mujeres. Se puede decir que cada comunidad tenía un mínimo de reglas relativas al poder o a la autoridad, pero jamás se pensó en el orden episcopal, en que un solo obispo iba a tener la hegemonía del poder sobre todas las comunidades del mundo. Eso, que vino mucho después, nunca se pensó.

¿Cómo volver a esas comunidades de la verdadera fe?

Por lo que he observado, la gente, se está reuniendo en torno a esta idea de que la institución jerárquica y dogmática fracasó. Eso de que “con el obispo o sin el obispo yo vivo feliz y me da lo mismo quién sea el obispo”, remite a una ley que antes existía llamada “Nada sin el obispo”. Hoy día yo no necesito al obispo: me reúno en mi casa a vivir la fe con mis amigos y esto ocurre en ciertas parroquias y en ciertas casas particulares y en todos los países donde hay cristianismo. Esa es una nueva Iglesia en la cual el laico no necesita del sacerdote. Tal vez para la eucaristía, pero para vivir la fe no, porque la vive por sí mismo y la comparte con otro. Ese es un fenómeno que ya está ocurriendo.

¿Puede ser que haya una comunidad que vive en armonía, con humildad y cristianamente, aunque no conozca a Cristo?

Cristo hay que entenderlo más con el corazón que con la mente. Hay formas de la conciencia que no tienen nada que ver con el intelecto, como la intuición, el afecto, la armonía, lo que los taoístas llaman Zu, simpatía universal, que es el amor a todas las cosas: a la materia, al fruto, al árbol, a lo que sea. La benevolencia ante todas las cosas.

Cristo hay que entenderlo más con el corazón que con la mente. Hay formas de la conciencia que no tienen nada que ver con el intelecto, como la intuición, el afecto, la armonía, lo que los taoístas llaman Zu, simpatía universal, que es el amor a todas las cosas: a la materia, al fruto, al árbol, a lo que sea. La benevolencia ante todas las cosas.

SABIOS PALEOLÍTICOS

¿Qué diferencia hay entre conocimiento y sabiduría? El sabio popular al que usted se refiere mucho en sus libros, es una persona que ha integrado el Yin y el Yang y, por algún motivo, sabe lo que sabe sin haber ido a la universidad. ¿Cómo se da eso?

Se da por estar inserto en el orden natural. A ver, partamos del paleolítico ¿Cómo podía vivir el hombre en el paleolítico y no perecer? ¿Cómo podría, esa sociedad de hace 40 mil años, reproducirse, siendo que el ser humano, cuando es recién nacido, es el más vulnerable de todos los seres vivos de la tierra? ¿Cómo se comportaron esas madres, esos padres, esos abuelos en las tribus de hace 40 mil años para que hoy el hombre exista? Porque si se hubieran descuidado, el lobo se comía a la guagua. ¿Cómo habrá sido el dispositivo de protección en la tribu para que el lobo no se los haya comido y la humanidad se haya podido multiplicar y expandir por todo el planeta? Lo hicieron muy bien, ¡tremendamente bien!

¿Cómo lo hicieron?

Para entenderlo la antropología más moderna ha hecho un estudio basado en los cazadores recolectores que todavía existen, siempre con la limitación de que, probablemente, un cazador recolector de hoy puede que tenga una diferencia grande con un cazador recolector de hace 40 mil años. Esos estudios han revelado cosas muy sorprendentes, como que los cazadores recolectores tienen una visión horizontal del mundo, no una visión vertical. Eso hace que para ellos el mundo sea una sinergia, donde todo está interrelacionado y, para vivir en ese mundo hay que desarrollar una visión múltiple y simultánea de todos los fenómenos. Los grandes antropólogos han llegado a la conclusión de que el hombre del paleolítico tuvo una percepción mucho más aguda del entorno de lo que la tiene el hombre actual, porque esa percepción horizontal, de interrelación con todo, hizo que agudizaran el oído, el olfato, la vista, el tacto. La forma de percibir las cosas era más rica que hoy. Olía la presencia de algún depredador o de una arboleda donde hay frutos. Para cazar había toda una técnica: cómo matar a los animales antes de que te mataran a ti. Después, ver cómo trasladar la comida. Esa cadena completa tú te la ahorras ahora; ya no existe. Sencillamente tú vas a la oficina, recibes tu sueldo, te vas al supermercado y compras fideos. Y esos fideos, ¿cómo se hicieron? Ahora compras eso sin saber nada de toda esa cadena, pero ese hombre del paleolítico tenía que él hacer toda la cadena, entonces, su visión del mundo era infinitamente más rica que el simple empleado de correo de hoy.

Ahora hay máquinas para hacer todo eso.

Exacto. En ese tiempo, hace 10 mil años, cuando empezó la agricultura en el mundo, la conclusión que sacan los antropólogos actuales más avanzados, es que lo que se perdió es mucho más grande que lo que se ganó. Eso explica por qué existe la idea de que existió una época paradisiaca de la sociedad, porque la idea que se tiene ahora del hombre del paleolítico es infinitamente más rica que la que se tenía antes, donde se pensaba que era una bestia, muy cercana al chimpancé y con eso se acababa todo. ¿A raíz de qué hablamos de esto? Ya me olvidé.

La sabiduría es un conocimiento vivencial que permite entender el sentido de la vida. En esos tiempos donde no hubo civilización, ¿quién le enseña al hombre el sentido de la vida?

Se lo enseña la vida misma. Se lo enseña el orden natural con sus ritmos, entonces, lo primero que entiende es que hay un principio fuerte y hay un principio suave, que hay un principio creativo y un principio receptivo que uno está representado por el cielo y el otro por la tierra, eso es común en toda la humanidad. En China se llama el Yang y el Yin. Entre los mapuche se llama FU CHA KU SE. En los quechuas es viracocha, que es bisexual, es padre y madre. En China también el ser supremo era padre y madre. Incluso el emperador era el padre y madre del pueblo. Esto de la dualidad, de lo creativo y lo receptivo, es la primera forma de sabiduría que conoció en hombre. La sabiduría es conocimiento vivencial del sentido de la vida, ahora, ese es un conocimiento que hay que vivirlo, si no se vive no vale de nada como conocimiento. Saber es otra cosa. Saber es intelectual. Saber es la representación del mundo que tú te haces en tu intelecto.

La sabiduría es conocimiento vivencial del sentido de la vida, ahora, ese es un conocimiento que hay que vivirlo, si no se vive no vale de nada como conocimiento.

Conocer con la mente no es conocer realmente. Hay algunos filósofos que dicen que en el hacer es la única manera donde el hombre conoce realmente. Estoy pensando de nuevo en la educación, sentado en la sala de clases, en que hay una persona que me está explicando cómo es el mundo y yo estoy sentado en una silla. ¿No es eso ir atrofiando, justamente, el conocimiento?

Eso depende de la persona que imparte conocimiento. Por ejemplo, cuando Lanza del Vasto me decía algo, para mí bastaba que me lo dijera una vez y eso cambiaba. Entonces, claro, hay maneras de poner en palabras.